Puede pensarse que lo viral se reduce a la tontería chabacana, mayoritariamente relacionada con el mundo de YouTube o el 9GAG americano. Pero la verdad es que el arte también tiende a este fenómeno. Así todos los años, o no necesariamente cada año pero sí cuando transcurre cierto espacio de tiempo, uno pasa por esa fase en la que ve o relaciona a un mismo artista con cualquier cosa.
Hace 2 o 3 años, más dos que tres, le tocó a Hopper. No había nada como las representaciones costumbristas del americano. Sus escenas narrativas de monólogos introspectivos donde la soledad llena el espacio entre los personajes, mientras pasa a convertirse en el leitmotiv de los protagonistas que aparecen en singular, estaban en boca de todo el mundo, en la punta de lanza de críticos, en los píxeles del aficionado. Este año, por corto que sea hasta el momento, se va vislumbrando, quizá, como el de Chéjov, y ya existen casos en los que se ha sufrido el síndrome de la pareja que quiere concebir y sólo ve pañales y carritos a su alrededor.
Hace 40 años Bon Dylan presentó Blood on the Tracks y hace 11, hastiado ya por la misma pregunta sin vida, dejó plasmado, ahora por escrito en un libro llamado Crónicas, una vez más que las canciones no eran autobiográficas. Que se basaban en cuentos cortos del ruso, añadió.

Si para T.S. Elliot abril era el mes más cruel, podemos decir que para Robert Allen Zimmerman el Blood on the Tracks es de esos discos que duelen, un dolor disfrutable en su esencia, como levantarse de resaca después de pasar la noche ahogando un paquete-y-medio de Winston en el pecho y salir a por unos pitillos. Sólo que los pitillos tienen labios y caderas, se mueven como idiotas entre el viento y se han agotado en toda la ciudad aunque todo el mundo se fume uno ahora mismo.
Este es un disco a sangre fría, con un Dylan abierto en canal sobre los surcos del vinilo, sufriendo lo que todos hemos sufrido y haciéndonoslo pasar mal cada vez que la aguja da una vuelta. Haciendo suyo el significado de tristeza que los clásicos negros de Nueva Orleans le dieron a la palabra blue, viajando de Nueva York a Minneapolis, Dylan persigue a Sara y a esos brazos que se olvidaron de rodearle una última vez que nunca llegaría a ser suficiente. Te quiero, sí, y qué si es una debilidad. Dylan canta al mito del amor sin vergüenza ni control, se sabe desdichado y tiene lo mismo que perder que cualquier panoli un día normal. Lo amoroso se trata aquí por una estrella del rock sin importar el qué dirán ni el qué vendrá, o lo que es lo mismo, la amargura por la niña de sus noches se baña en whisky y se chuta la nariz encima de un escenario para que todo el mundo asuma que hasta el más listo de la clase pasa por sus penurias y un abandono de los que la fama y las groupies no consiguen rellenar. Porque amar no es más que estar solo, sin hacer otra cosa que traernos miseria. Ella será feliz después de ti. De hecho ya lo es, quítate de en medio, sí. Ella será feliz después de ti.
Lloverá y te dejará calado, pero por mucho que patalees no quedaréis por la mañana a tomar café y tostadas. Pierdes el autobús a las 2 de la mañana y solo hay portales donde esconder los problemas detrás del hueco de la escalera mediante sexo pisoteado con un travesti que te saca una cuarta y está enganchado al caballo. Te quedas estancado en la sed mortal de la bañera y olvidaste las balas del revólver en la mesa camilla. Pues piensa que Dylan en el 74, cuando grababa este álbum, lo pasaba mucho peor y que en el 75 lo publicó porque no lo aguantaba más dentro de sí.

Jakob, hijo mayor de Sara y Bob, reconoció a sus padres hablando en Idiot Wind. Da igual que este texto deje intuir que Sara Sarita Sara fuese la culpable de tremendo disco para la historia o que el judío de Minnesota lo siga negando, incluso no importa que un año después cerrase Desire con ella. Los relatos cortos de Dylan seguirán haciéndonos disfrutar con su dolor frío, convirtiéndonos en su Gorki particular cuando ya no esté y la historia lo maltrate.

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