Nos gusten o no, los youtubers son la polla

Sigo sin encontrarle la gracia a los vídeos de El Rubius, la forma de hablar de AuronPlay me resulta insoportable,  los reportajes de Fortfast me parecen bastante mediocres -por no hablar de mis vídeos de mierda, claro- y creo que, en resumidas cuentas, es patético pasar tu tiempo libre mirando cómo un chaval juega a la Play y te cuenta su vida.

Podría seguir escribiendo un artículo desde el odio (y la envidia) sobre lo muy sobrevalorados que están los youtubers, sobre su falta de profesionalidad, de sentido del storytelling, de creatividad y de talento, y sobre lo fácilmente impresionables por la mediocridad que sois todos los que veis sus vídeos.

Pero sinceramente, ¿a quién coño le importaría mi opinión? Y es más, ¿qué valor tendría cuando la realidad muestra que a la gente le hace gracia El Rubius, le encanta AuronPlay y se troncha con Fortfast?

Leí el otro día la entrevista de Pedro Simón a El Rubius, en la que banalizaba la figura del youtuber y le hacía quedar como un idiota; y hace varios meses también vi la (llamémosla “feroz”)  crítica de Carlos Boyero  hacia los vídeos de El Rubius y compañía.

Resulta que estos dos tipos piensan lo mismo que yo de este fenómeno, pero he llegado a la conclusión que esa forma tan altiva con la que se menosprecia todo el tema de los youtubers ha hecho que nuestras opiniones y nuestro tradicionalismo nos cieguen ante lo que verdaderamente importa periodísticamente hablando: la realidad.

Porque yo puedo opinar lo que quiera, pero los datos son los que son: un vídeo de El Rubius tiene más visitas que casi cualquier película ganadora de un Goya, uno de Auronplay o Jorge Cremades se ve más que un programa de humor en primetime, y uno de Fortfast se ve más que casi cualquier reportaje de un informativo.

Y podemos atribuir estas cifras a una moda pasajera, a la simple casualidad o al poco gusto del público joven. O también podemos pensar que quizás en la industria de la TV se olvidaron hace tiempo de los adolescentes, y estos encontraron en Youtube a autores que trataban temas que verdaderamente les interesaban, que les hablaban con el mismo lenguaje que le habla su amigo y con los que se podían identificar fácilmente. 

El caso es que la generación nacida en los 2000 está marcada por el fenómeno Youtube. Muchos niños ya no quieren ser futbolistas, sino youtubers. La posibilidad de subir tu propio contenido que te da la plataforma hace que no solo idolatren a un usuario, sino que se abran su propio canal para seguir sus pasos. No quiero caer en estereotipos machistas, pero nuestros hermanos y primos pequeños se mueren por tener el aparato que permita grabar sus partidas en la Play, y nuestras primas pequeñas hacen sus pinitos como blogueras de moda cada vez más jóvenes.

Y al igual que pasa con los futbolistas, está el incentivo de saber que es un trabajo en donde se puede ganar mucho dinero. Porque resulta que, además de influir en la cultura audiovisual del país, los youtubers ganan un montón de pasta. Y esta pasta no sale de la nada, sino de publicidad y de empresas que están desesperadas porque se vincule su marca a la esfera Youtube. Esta gente está ganando dinero a espuertas mientras que muchos medios tradicionales cierran y despiden a personal. Just saying.

Además, resulta que en pocos años los youtubers han sabido llegar (y convencer) a la audiencia latinoamericana, una transición que sigue dando quebraderos de cabeza a las principales empresas de comunicación de nuestro país. A ver si vamos a tener que tomar nota en vez de criticar.

Los youtubers españoles no han inventado nada, simplemente han adaptado a la cultura nacional varios formatos estadounidenses. No creo que podamos hablar de ellos como “innovadores” o “creativos”. Pero han redefinido los gustos de la audiencia adolescente, y nos gusten más o menos, hay que reconocer que hay que ser la polla para lograr algo tan grande grabándote vídeos con presupuesto cero.

(Si te ha parecido interesante mi artículo, te recomiendo que leas el de Quique Peinado)

 

 

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