Bob Dylan me aburre. Odio escuchar a Joy Division casi tanto como a The Smiths, no entiendo cómo Pink Floyd puede gustar a gente que no esté fumada y no he conseguido terminar de una oída ningún disco de David Bowie. Sin embargo, me sigue flipando “Gasolina” de Daddy Yankee, soy fan de Young Thug y de Juanito Makandé, y me encantan las actuaciones pomposas y horteras de las entregas de premios de EEUU.

Un criterio que según los estándares establecidos es bastante mediocre, sobre todo para alguien que se las da de periodista musical. Y un criterio que siempre he camuflado. O mentido: me he llegado a autoconvencer de que canciones de Bowie, Bon Iver o Morrissey que me parecían un absoluto coñazo eran buenas porque eso era lo políticamente correcto.

En esto de la música hay ciertos clichés fijados con los que más de uno alguna vez nos hemos autorizado a mirar por encima del hombro a quien diga que le gusta algo que no encaja en ese esquema o a alguien que no conozca el grupo del que hablas.

Lo políticamente correcto si quieres aparentar que te gusta la música es hablar bondades sobre un grupo polaco de indie que nadie conoce, sobre la nueva horda de productores de trance en Bélgica o dártelas de melómano con canciones inéditas de The Beach Boys, y menospreciar a cualquier cosa que huela a reggaeton, pop ligerito en inglés, flamenco o cualquier artista que suene en los 40 Principales.

Pero no. La música está para disfrutarla. Para alegrarnos los días, para que nos regocijemos en nuestra tristeza, para relajarnos, para salir motivados a hacer deporte, para poner banda sonora a momentos de tu vida. No para hacer una competición absurda sobre cuántos artistas conoces, para mirar con desdén a quien no haya escuchado algo que tú consideras esencial o para etiquetar a una persona como “ignorante”, “cateto” u “hortera”.

Está bien que te guste el reggaeton más duro, que escuches a Abraham Mateo, a los Siempre Así o a Britney Spears borracha. Son TUS gustos. ¿Que la música y letras de tus artistas son simples? Hay gente que su plato favorito es el filete empanado y no por eso son inferiores que a los que les gusta el consomé de caviar. Mientras a ti te dé placer, la opinión de los demás debería ser irrelevante.

Lo ridículo es cuando intentas aparentar que conoces algo de lo que no tienes ni puta idea solo para no quedar de ignorante, o cuando juzgas a los demás por algo tan personal como sus preferencias musicales. Porque es mejor ser humilde, aprender y conocer música antes que ir de enciclopedia andante. Y sobre todo, porque nadie es quien para decidir si la música que al otro le gusta es buena o mala. 

 

 

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