Ya conocíamos los efectos positivos del cannabis para aliviar el dolor, aumentar el apetito en enfermos de anorexia o para combatir la ansiedad y la depresión. Quizás esto se deba a que, según un estudio publicado hoy por la NASA, la marihuana contiene ADN extraterrestre.

Llegados a este punto puede que te hayas creído la noticia. Puede, incluso, que ya la hayas compartido en tus redes o que se la hayas comentado a un amigo. Piénsalo: una noticia de un medio desconocido y un periodista anónimo que no aporta ningún link a ningún estudio.

Obviamente, esta noticia es falsa. Pero no te sientas mal ni pienses que te estoy dando lecciones de nada, porque todos caemos continuamente en bulos publicados en la red.

Sin ir más lejos, estos son algunos de los publicados recientemente que seguramente hayas visto y creído pero que son mentira:

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Trump nunca dijo eso sobre los votantes republicanos. 

 

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Los Simpsons no predijeron (tanto) la victoria de Donald Trump. Es cierto que en un capítulo del 2000 Lisa habla del paupérrimo “legado del presidente Trump”, pero las imágenes de Trump caricaturizado como candidato a la presidencia son de 2015.

 

Son solo algunos ejemplos de cómo nos creemos (todos) demasiadas cosas que aparecen en la red.

Y este fenómeno responde a una serie de circunstancias:

1.- Las noticias aparecen en tu muro de la misma forma, sean del New York Times o de Darba Culture. Los feeds de Facebook, Twitter o Instagram se usan cada vez más como plataforma para acceder a una noticia. Cuando abres tu móvil o tu PC, todos los artículos aparecen con el mismo tamaño, fuente y sin ningún distintivo según su origen, lo que puede incitar a que des el mismo grado de credibilidad a un certero análisis sobre política que a una noticia inventada.

Es una de las consecuencias de la democratización de la información. Puedo abrirme un blog en 10 minutos y publicar una noticia en Facebook, y esta se verá de la misma forma que un reportaje de Le Monde sobre la guerra de Siria que le ha llevado al periodista varios meses de trabajo.

2.- Vemos lo que nos interesa ver. Redes como Facebook están configuradas mediante algoritmos para que en tu muro aparezcan solo las cosas que verdaderamente te interesan. Piénsalo, seguramente tendrás unos 500 amigos en Facebook pero solo salen las novedades de las mismas 15-20 personas, seleccionadas en función a los niveles de interactividad que tengas con ellos (si das muchos “Me Gusta” a alguien, te aparecerán todas sus novedades).

En el plano personal es más que útil, pero a la hora de informarte las redes únicamente enseñan información que refuerce tus posiciones. Si estás leyendo esto, posiblemente sea porque te hubiera gustado que la marihuana tuviera ADN extraterrestre y por eso es tan especial. Si el post hubiera sido “la marihuana provoca cáncer y alzheimer”, quizás no hubieras entrado a leerlo porque te incomoda (y sí lo hubiera hecho otra persona a la que le gustaría que eso fuera cierto).

En el artículo “How Technology Disrupted The Truth”, Katharine Viner de The Guardian explica así el fenómeno: la burbuja de filtros -término acuñado por Eli Pariser-  de información con la que convivimos en la red “hace que estemos menos expuestos a información que nos desafíe o nos amplíe nuestra perspectiva, y también hace que sea menos probable que tropecemos con datos y hechos que desmientan información falsa de otros”.  

Tras la victoria de Trump, muchos han culpado a Facebook por ser la plataforma de distribución de muchos rumores que pudieron haber influido en el resultado final de las elecciones. Sin embargo, culpar a Facebook es una forma simplista de depurar responsabilidades.

Me explico: la gente tiene una vida. Si ya es complicado que saquen tiempo para informarse, no podemos pedirles que encima lo hagan de forma contrastada. La gente se informa sobre lo que se quiere informar y lee las opiniones que les gusta leer. En Facebook funciona por algoritmos, pero en Twitter es el usuario quien decide a quién seguir, y normalmente seguirá a cuentas y personas que piensen de forma afín a ellos y no a alguien con ideas radicalmente opuestas, ya que esos tweets le irritarán.

De todas formas, esto no es algo nuevo y exclusivo de las redes. Un lector conservador compra el ABC y no Público. Un seguidor del Madrid compra el Marca y no el Sport. Una persona de izquierdas verá El Intermedio pero no El Gato Al Agua. Queremos leer y escuchar opiniones que reafirmen nuestros pensamientos y con las que nos sentamos identificados, no a gente con visiones antagónicas de la realidad, porque esas ideas nos molestan. 

3.- La verdad ya no importa. Los resultados electorales de este año en Reino Unido y Estados Unidos, y los principios sobre los que fundamentaban su programa los vencedores, me llevan a la conclusión de que ya no importan los datos, sino quien hable más alto. Puedes decir una barbaridad, incluso algo que vaya en contra de los intereses de un colectivo, que si la dices con lenguaje de calle y contundencia, a ese grupo le gustará porque es un discurso fresco y emocionante.

Lo advirtió Black Mirror (2×03, El Momento Waldo) y lo ejemplifica así de bien esta viñeta de Paul Noth para The New Yorker:

 

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Cuando en tu cabeza ha calado una idea rotunda y que encima beneficia tus posiciones, ya sea “la marihuana te hace más listo” o “los inmigrantes ilegales tienen la culpa de todos nuestros males”, es muy difícil eliminarla de tu mente, y más complicado aún hacerlo a base de datos.

Uno de los lemas de campaña de los promotores del Brexit era “destinamos a la UE 350 millones de libras por semana. Financiemos con eso a nuestro Servicio Nacional Sanitario”. Las cifras eran falsas y tendenciosas, pero calaron en la gente porque era una asociación clara y entendible.

Pese a que los medios la desmintieron por activa y por pasiva, la gente siguió creyendo en lo que decían los del “Vote Leave”.

¿Qué hacemos para cambiar esto? Buena pregunta. No podemos pretender que de un día para otro la ciudadanía lea 3 periódicos ideológicamente contrapuestos, editoriales de columnistas de ideologías distintas e informativos de varios países. La gente tiene una vida que vivir y poco tiempo para informarse sobre qué pasa más allá de su realidad personal.

Podríamos proponer a Facebook que, con vistas a dar más énfasis a los medios prestigiosos, realzara de alguna forma sus noticias respecto a la de medios anónimos.

Pero…¿funcionaría? Ya existe el icono de “verificado” y tampoco parece que haya cambiado mucho el panorama. No es tanto la forma en la que vemos el mensaje sino el contenido de éste.

¿Cómo haces que cambie de opinión alguien que ya ha interiorizado que la yerba es buena porque tiene ADN extraterrestre? Si lo contrarrestas con un artículo en el que incluyes una infinidad de gráficos, estudios y encuestas que desmienten esa afirmación, aburrirás y tu mensaje no calará -recuerda, ya no importa la verdad sino quien hable más claro-.

Quizás si que llegue un mensaje que no solo desmienta esa información, sino que alerte (incluso de forma exagerada) sobre sus efectos nocivos. Quizás eso es lo que tengan que hacer los políticos con mensajes realistas, aperturistas y tolerantes si quieren ganar elecciones: apelar a la emoción del ciudadano tal y como lo hacen los anuncios de Coca-Cola.

Si te interesa profundizar más en este tema, te recomendamos este post de Verne, este de Yorokobu con un titular muy ilustrativo (“Ni los medios te cuentan la verdad ni tú estás interesado en escucharla”), y, aunque sea en inglés y extremadamente largo, este de The Guardian y cómo la tecnología ha desvirtuado la verdad.

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