Recuerdo que el primer día de clases en mi Erasmus me sentí como supongo que uno se siente cuando le dan un trabajo para el que no está cualificado. Yo, estudiante de un instituto público de la peor región de España en los informes PISA y posteriormente de una de las Universidades con peor reputación del país, estaba en una clase en una prestigiosa Universidad danesa junto a compañeros de Canadá, Corea, Alemania o de los mejores centros de España.

No tardé ni dos días en darme cuenta de que, sorpresa, no tenía tanto que envidiar a ninguno de mis compañeros. Todos partíamos de la misma base de conocimiento, hacíamos preguntas con una profundidad parecida y utilizábamos el mismo lenguaje. En algunos campos había compañeros que sabían mucho más que yo, claro, pero también yo me desenvolvía mejor que los demás en otras áreas. Estábamos en el mismo nivel de formación.

Yo, por suerte, tuve la oportunidad de estudiar en el extranjero para darme cuenta de por ser de Andalucía no soy por definición menos capaz que nadie de ningún sitio. Pero mi caso es minoritario. Conozco a muchos amigos que se verían acomplejados si compartieran clase con alguien de la Complutense, la Pompeu Fabra o de alguna prestigiosa universidad europea.

Andalucía, para bien o para mal, tiene una fuerte dependencia del turismo y una considerable oportunidad laboral en la hostelería que facilita el tempranero abandono escolar o la falta de interés en los estudios. En Andalucía desafortunadamente hay más familias que necesitan que sus hijos traigan dinero a casa desde una edad temprana que en otras regiones. Esto, unido a un sistema educativo regional cuanto menos mejorable, supongo que provoca que estemos a la cola en las evaluaciones de conocimiento.

Lo cual no significa que los andaluces seamos tontos, coño. Significa, si eso, que somos más pobres y que no todos podemos prestarle la misma atención a nuestros estudios. Que haya un alto porcentaje de abandono escolar, o incluso que haya -no lo sé- un alto porcentaje de suspensos respecto al resto del país no quita tampoco que haya decenas de miles de estudiantes brillantes que tengan que cargar con el hándicap de “vengo de donde no se aprende nada”.

 Estoy convencido de que los rankings tipo informe PISA están diseñados para dar a los órganos competentes una visión general sobre su sistema educativo, y que en ese sentido son de extrema utilidad y relevancia.

Sin embargo, las visiones generales conllevan inevitablemente generalizaciones, y sería de ingenuos negar que el sambenito de “en Andalucía están peor formados” no nos afecta a todos los estudiantes andaluces.

Al evaluar a la clase entera, desacreditamos el talento individual. Da igual lo que nos esforcemos por aprender: parece que por decreto somos menos capaces que los de otro lugar. Y no lo digo yo desde el victimismo, sino que desde hace años representantes políticos  han reproducido un mensaje clasista que ha terminado de estereotiparnos como a los retrasados del país.

Y no. Los andaluces, los extremeños y los canarios no somos de una especie inferior a ningún país o región. Somos iguales de capaces que un finlandés, un danés o un coreano, si partimos en igualdad de condiciones.

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