Peor no podemos estar

Varios amigos míos -y sé que no son los únicos- están seguros de que, en este momento en este lugar, “peor no se puede estar”. Nuestra situación, aunque un poco mejor, sigue siendo muy chunga. Miles de personas emigrando para ganar sueldos de mierda en trabajos para los que están sobrecualificados, otros tantos con carreras, másteres y ganas de hacer cosas que van de práctica en práctica y unos pocos que tienen que sentirse afortunados por ganar 1.000 euros currando 12 horas y con contratos menos estables que Lindsay Lohan un sábado por la noche.

Ok, todo eso es cierto. Coño, lo vivo en primera persona. Ahora, de ahí a creer que “peor no se puede estar” hay un trecho. Más aún cuando, después de todo, la situación actual es en algunos aspectos la mejor de la historia de España. Nunca antes hubo más periodo de paz ininterrumpido, más oferta cultural para todos los gustos, más coberturas sanitarias, más conciencia política y más oportunidades para los jóvenes de familias obreras.

Podríamos estar mejor, mucho mejor. Claro. Pero también podríamos estar muuuuuuuuucho peor. Después de todo, ¿preferiría vivir en otra época en este país? ¿O incluso en cualquier otro país en la época que quisiera? Creo que no.

La pregunta que me surge es por qué está tan generalizada esa visión de que hemos tocado fondo cuando en algunos sentidos nunca antes se estuvo mejor. El caso es que conocemos y opinamos sobre la realidad más allá de nuestras cuatro paredes a través de los medios de comunicación. Podemos, la Champions League, Siria, el nuevo disco de Beyoncé o la que se lió en los Óscar son temas de los que hablamos a diario y de los que nos enteramos a través de lo que escriben, dicen o graban periodistas.

En mis cuatro años de carrera los profesores me hicieron mucho hincapié en la frase de George Orwell que decía que “Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas“. También me repetían que “solo criticando lo malo del sistema se conseguirá mejorar”. Máximas que me reforzaron en mis años de prácticas en medios y que a día de hoy siguen sin estar probadas.

Noto una opinión generalizada de que el verdadero periodista es el que habla sobre temas incómodos desde un punto de vista crítico. Decir que un artículo “es periodismo del bueno” o simplemente “periodismo” está reservado únicamente a aquellas piezas que destapan redes de corrupción o escándalos policiales. Cuando en esta página nos dijeron (dijimos) que hacíamos buen periodismo fue cuando hablamos mal de otros. Mientras tanto, alguien que aborde algo positivo que ha hecho una empresa o un político es, por muy cierto que sea lo que esté contando, un vendido que mancha el nombre de la profesión.

Sacar escándalos es una labor periodística increíble. Contar el lado de la realidad que los poderes fácticos no quieren que se sepa requiere muchos cojones y mucho trabajo. Es periodismo, con todas las letras. Pero hablar sobre las donaciones de Amancio Ortega, las ofertas de empleo de Mercadona o la bajada del paro también. Son partes de la realidad, ambas igual de ciertas, y al fin y al cabo la labor principal del periodismo es contarle a la gente lo que pasa más allá de su realidad personal. Sea bueno o malo.

Veo que los medios nos hemos instalado en una especie de -permitidme usar este término mascado- zona de confort con nuestro papel de perro ladrador porque nos da más prestigio y más visitas. Abres el periódico o ves el telediario y el grueso son noticias negativas. Todas ciertas, seguro, pero la repetición de ese enfoque hace que no se muestre la fotografía completa de cómo es la realidad que nos rodea.

Terminas de informarte y sales con una visión pesimista del mundo y con ganas de hacer un buen barrido y empezar todo desde cero. Y en esas te llega un Donald Trump o una Le Pen que te propone esa limpieza y te crees todas sus propuestas locas a pies juntillas porque, al fin y al cabo, peor no se puede estar.

 

 

 

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