Lo que pienso de los voluntariados después de un mes en Tanzania

Escuché muchas (y distintas) opiniones acerca de los voluntariados cuando decidí irme el mes de agosto a Tanzania. Que te iba a cambiar la vida, que ibas a valorar pequeñas cosas que dabas por sentadas, que te iba a dar una “visión de águila” sobre el mundo en el que vivimos…

Pero también que era una nueva forma de colonialismo, que iba a formar parte de un (triste) negocio en el que se comercia con las buenas intenciones de unos y las penurias de otros, o que me iba más a demostrar a los demás que ayudo antes que propiamente a ayudar.

Solo tenía una cosa clara: quedarme en el sofá y opinar con total firmeza de situaciones que no he vivido no era la solución. Así que me fui 3 semanas a un centro de niños albinos y discapacitados en Kabanga, a las afueras de Kasulu (Tanzania).

En esto os voy a ser bastante claro. A mí el voluntariado me lo han pagado íntegramente mis padres. Tras valorar varias empresas y países, nos decantamos por hacerlo con AIPC Pandora, una organización sin ánimo de lucro que ofrecía un “microproyecto de cooperación” con objetivos bien definidos, una organización adecuada -tenías que pasar una entrevista y un fin de semana de formación previa- y, en definitiva, los medios suficientes para convencerme de que iba ahí a causar un impacto real y no a hacerme selfies con niños.

En el PDF explicativo del programa  cifraban un coste de 1.080 euros, que incluía “todo menos los billetes de avión y los gastos personales”. Además, tenías que darte de alta como socio de la organización por un mínimo de 3 meses, con una cuota de 10 € mensuales.

Posteriormente, nos enviaron un desglose de a dónde iba a parar esa cantidad que pagábamos.

PERO AL LLEGAR…

Al llegar el 5 de agosto al aeropuerto de Dar Es Salaam, pago un visado de turista por 50 dólares en cuyo sello rezaba “cualquier tipo de trabajo, remunerado o no, está estrictamente prohibido”. Yo iba con la intención de, efectivamente, trabajar de forma no remunerada, así que pregunto.

La coordinadora nos pide que en ningún momento digamos que somos voluntarios o cooperantes, porque hace unos días hubo “un problema con el gobierno por el que casi se cancela el viaje”, así que de ahí en adelante teníamos que decir que éramos “amigos de Issa (el coordinador del centro)”.

Durante nuestra primera mañana en Kasulu, voy junto a la coordinadora y otra participante del proyecto a hacer un tour por las autoridades para que nos conocieran y nos permitieran entrar en el centro. Todos fueron muy simpáticos, nos agradecieron nuestra presencia y se ofrecieron a ayudarnos en la manera de lo posible.

Todo bien, o eso parecía. Porque al llegar a nuestro alojamiento, me encuentro con una casa a medio construir, sin agua ni electricidad, con ratones, arañas y otros insectos. Nuestra dieta consistió, durante las 3 semanas, en arroz -muchas veces con tierra o insectos- col y carne de vaca.

Y claro, uno puede pensar que “bienvenido a África”, “¿no querías intercambios culturales?” o que “vas de voluntariado, no de vacaciones”. Pero cuando has pagado 1.080 euros, empiezas a cuestionarte a dónde ha ido a parar parte de tu dinero. Más aún, cuando te enteras que los voluntarios de otra ONG solo pagan 15 euros la noche por comida y alojamiento en la misma aldea.

Pasan los días. Me voy olvidando de las condiciones y me centro en aprovechar al máximo la experiencia. Hasta que el jueves 18 de agosto nos comenta la coordinadora que no podíamos ir esa tarde al colegio, ya que venía de visita la ministra de Educación y los responsables del centro no querían que estuviésemos ahí.

Indignado (y preocupado) por sentir que estoy de forma irregular en Tanzania, pregunto el por qué de todo esto. Al parecer, una de las muchas ONG’s que trabaja en Kasulu había emitido un informe a la ONU en el que criticaba la actuación del gobierno en el centro. Esto no gustó nada a las autoridades, que dificultaron desde entonces la llegada de voluntarios. Por eso tuvimos que entrar diciendo que éramos “amigos de”.

No sé con certeza qué ONG emitió el negativo informe, pero la asociación Caraguapa publicó un documento el 30 de noviembre de 2016 en el que se criticaba que el gobierno diese “8.000 euros mensuales” al centro pero que, dada las condiciones alimenticias y la deficiente atención médica de los niños, “no hay una relación clara entre lo que se gasta y lo que se obtiene”.

También señalaba que la fosa séptica estaba llena y los niños jugaban sobre ella, que había niños paralíticos sin sillas de ruedas que tenían que arrastrarse para desplazarse, que había niños de entre 3 meses y 5 años que no eran atendidos por nadie, que había niños llenos de excrementos, que el centro no tenía agua potable o que dormían 3 niños por cama.

Todo esto es (tristemente) cierto. Tanto yo como el resto de voluntarios de mi programa podemos dar fé de ello. Quizás habría que haberse planteado si, dadas las condiciones, era más conveniente que fueran al centro verdaderos cooperantes internacionales y no chavales de 20 años que no teníamos ni idea de por dónde empezar.

Aunque eso es otro tema. Finalmente, la ministra llegó otro día, nos vio en el centro y no pasó nada. De hecho, nos saludó muy amablemente.

Pero los problemas con AIPC Pandora continuaban. De “todo menos los billetes de avión y los gastos personales” pasamos a que el coste de materiales o el del transporte de nuestro alojamiento al centro tampoco iba incluido. Se suponía que no íbamos a precisar de materiales y que al centro podíamos ir andando, pero la realidad era que tuvimos que comprar mosquiteras y botes de pintura y el centro estaba casi a 3 kilómetros.

Pagamos los materiales y el taxi diario sin ni siquiera acordarnos de que se suponían que iban incluidos en el programa. Si teníamos casi 2.000 euros para llegar hasta ahí, no íbamos a dejar de pagar 10 euros cada uno para que los niños tuvieran mosquiteras. Tampoco íbamos a andar 15 km diarios pudiendo pagar unos 10 euros semanales por persona.

Sí que me molestó más que en el desglose hubiera 51 euros destinados por persona al transporte del aeropuerto a la aldea y que hubiéramos viajado los 10 voluntarios -más los conductores- en dos coches de 5 plazas con las maletas, porque alquilar una furgoneta entera cuesta unos 25 euros. 

Tampoco comprendí los 30 euros gastados en “orientación” (¿?), los 100 euros destinados a gestión, administración y coordinación local -labores que tuvimos que hacer nosotros mismos, porque Issa (el coordinador del que éramos amigos) no apareció en las tres semanas- o 12 euros en concepto de “actividades culturales (cambio de visado)”. ¿QUÉ?

Cuando pregunté al coordinador local de Tanzania -el famoso Issa- por el destino de nuestro dinero, me respondió que Pandora le daba una bolsa fija -no me dijo cuánto- que él administraba como mejor consideraba. Si está en lo cierto, el desglose que me enviaron desde Pandora era simplemente falso.

Y aún dándolo por válido, resulta difícil de entender que una organización “sin ánimo de lucro” se lleve 250 euros por persona en concepto de “gestión y administración”.

Básicamente, porque gestionaron poco o nada más allá de los hoteles de los fines de semana. El proyecto definido que nos presentaron, para el que tuvimos que pasar entrevista y un fin de semana de formación, no fue real. En muchas ocasiones, eran voluntarias -en concreto, mi hermana- las que definían las tareas de la semana y delegaban funciones entre los miembros del grupo.

Un ejemplo: durante la primera semana nos dedicamos a hacer un censo de los chicos del centro. A los pocos días nos enteramos que otra ONG ya había hecho uno similar pocos meses antes. Cuando le comenté al famoso Issa que era necesario establecer una plataforma de contacto entre organizaciones que van al centro, nuestra coordinadora se levantó de la mesa y no escuchó nada. Y estoy convencido de que no lo hizo a propósito, pero simplemente es una prueba de que Pandora no trabaja en el terreno. 

¿QUÉ SACO YO DE TODO ESTO?

Desconozco cómo trabajarán otras organizaciones similares. Desconozco también cómo trabaja AIPC Pandora en otros destinos. Aquí opino solo desde una (y única) experiencia personal. Así que en tu mano está, si has llegado leyendo hasta aquí, generalizar o no.

Mi visión es que “solidaridad”, “sin ánimo de lucro”, “voluntariado” y “cooperación” son activos empresariales muy potentes que además ayudan a crear una imagen de marca diferencial. Y a ganar dinero.

Partiendo de la base que pagar por trabajar ya es algo cuestionable -más aún cuando pagas más de 1.000 euros por tres semanas-, hacerlo por unos servicios que simplemente no existen es, simplemente, indignante. Porque ese dinero no va destinado a mejorar la vida de los niños, sino en exclusiva a los bolsillos de intermediarios que se ganan la vida de esto. Las medicinas, ropa y material que llevamos a Tanzania nos lo costeamos de nuestro bolsillo o lo conseguimos hablando personalmente con las empresas interesadas.

¿Quieren de verdad que esos niños tengan una buena vida? ¿O más bien utilizan a comunidades muy pobres y a jóvenes con dinero y entusiasmo de cambiar el mundo para obtener beneficios?

Si estás pensando en hacer un voluntariado, permíteme darte un consejo. Si lo que más te mueve es aprender -sobre culturas, gentes, felicidad, tu posición en el mundo- véte con una mochila y conoce todo de primera persona. Si tu vocación es ayudar a los demás, hay muchas titulaciones y trabajos orientados a precisamente eso.  O Habla con Unicef, Médicos Sin Fronteras, Intermón Oxfam o Cáritas, seguro que tienen un puesto en el que puedas contribuir.

Pero desconfía de quien se vende como solidario y se lleva comisiones bastante altas sin estar en el terreno.

 

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