Bad Bunny is for the children

Todas las fotografías: Adriana Berrocal (@adrianabv_)

Uno de los recuerdos que (casi) todos mantenemos es el de nuestro primer concierto. El mío fue uno de Estopa en el Estadio Olímpico de Sevilla, en el año 2000. Recuerdo ir con mi madre y mis tías y no comprender muchas de las cosas que los músicos decían a los asistentes. Porro, borracho o hachís eran palabras que simplemente no conocía. Recuerdo también -por lo que me han contado a lo largo de estos años- a mi madre y a muchas más indignadas por haber traído a sus hijos de 7 años a un concierto donde los protagonistas no prestaban atención a esa parte de su audiencia, y por estar en un lugar donde convivían chavales veinteañeros fumando con niños que se habían comprado la camiseta de Estopa y se sabían de memoria las canciones.

Ayer, en el concierto de Bad Bunny en Torremolinos, el ambiente me recordó mucho al de aquel concierto. Había veinteañeros con muchas ganas de juerga, de treinta y tantos con mucho interés en gastar dinero, de cuarenta con espíritu de 20… y niños, de 7 a 12 años, acompañados de padres y madres que no sabían muy bien dónde se habían metido.

Al contrario que Estopa, Bad Bunny fue más que correcto con la audiencia que tenía enfrente. En ningún momento del concierto -que por cierto, sonó muy bien- mandó algún mensaje relacionado con sexo, machismo o drogas. Si se dirigió fue para animar -de forma ecuánime, “solteros y solteras”- o para presentar sus canciones.

Pero la sensación de desconexión entre artista y público era evidente e inevitable: es imposible contentar por igual a un niño de 7 años que a un chaval de 25 y a uno de 50. Y no es algo que achacar a Bad Bunny, que hace su música y no puede elegir quién le escucha. Tampoco de los organizadores, que hacen una gran apuesta por crear un evento con alguien de caché internacional.

Quizás sea cosa del propio público. Ayer vi a niños de 12 años vestir y comportarse igual que los de 40 y tantos. A madres bailando y vistiendo igual que preadolescentes. Infancias acortadas y juventudes excesivamente ampliadas por simplemente formar parte de “lo que se lleva”, personas que acaban adaptando sus gustos ante una idea dominante sin cuestionarse si son apropiados o no.

Sin ánimos de dar lecciones de nada, yo recuerdo ser muy feliz haciendo cosas de niños cuando tenía edad de niño. Fútbol, PlayStation, los Bayblade, decepcionarte si te regalaban ropa en Navidades, hacer bote entre varios para comprar una Coca-Cola, Doraemon en La Banda, cine de verano, el Marco Polo en la piscina o jugar a un escondite pilla-pilla de varias horas.

Youtube e Instagram como plataformas, y youtubers y traperos como mensajeros, han contribuido a difuminar esas etapas de la vida. No es cuestión de culpar al mensajero  -cada uno habla sobre lo que quiere y no puede filtrar a su audiencia- pero sí de señalar a quien no avisa a un niño que hay vida más allá de las Stories.

Desde esa bonita nostalgia veo con tristeza las prisas por hacerse mayores que tenían los niños que ayer perreaban o vestían con cadenas, Air Force One y camisetas ajustadas. Sobre los de 40 que siguen haciendo lo mismo que los de 20 no sé que pensar. No he llegado a esa etapa de mi vida y sería arrogante comentar cualquier cosa. Pero pienso que la vida tiene sus fases y hay que saber sacar el máximo partido de cada una de ellas.

En los Grammy de 1994 Ol’ Dirty Bastard dijo una de las frases más polémicas del año: “Wu-Tang is for the children”. Su grupo, Wu-Tang Clan, que hablaba de barrio, drogas y tías, era ahora educativo. Muchos se lo tomaron a broma, pero lo cierto es que el difunto rapero fue el primero en darse cuenta que la gente que les escuchaba no era a quienes ellos le hablaban. Y había que aceptar ese papel educativo que les había caído.

(De nuevo, el concierto fue más que aceptable. Bad Bunny suena en directo casi mejor que en Youtube y demostró con su estilo original por qué es una superestrella. Solo que lo más noticiable, a mi juicio, estaba en lo que había al otro lado del escenario)

 

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